Santiago Aguirre1
Soledad Biachi: Entre puntos de lectura. Reflexiones, recortes, enlances. Santiago, Editorial Planeta, 2026 (Seix Barral / Biblioteca Breve)
Me resulta difícil, por mi trabajo de librero, no pensar en la manera de recomendar Entre puntos de lecturas. Un riesgo, me parece, es que parezca un libro erudito o escrito desde un saber especializado. Si un lector o lectora desprevenido se acercara a este libro, lo abriera en una página al azar y, por ejemplo, su dedo diese con la página 43, se encontraría con la historia del Círculo de lectoras Familia en 1915 y con que este fue fundado al alero de la revista del mismo nombre por iniciativa de, entre otras, Amanda Labarca. Si por casualidad, en cambio, alguno de sus dedos tropezara con la página 327, hallaría ahí la historia de la lectura en voz alta para los torcedores de tabaco, quienes, según Alida-Millán-Ferrer, se convirtieron en el sector más ilustrado de la clase obrera. O bien, si es de el tipo de personas que abre a las primeras el libro por la mitad, aprendería sobre la inquietante realidad de las diversas lenguas que desaparecen año a año por todo el mundo. Son, según la cifras citadas, por lo menos dos mil idiomas que desaparecerán en las próximas décadas. Como podrán ver, el texto de una especialista también puede resultar fascinante.
Sin embargo, a esa lector o lectora trataría de decirle que en realidad la escritora nos invita a una especie de museo de la lectura y que al recorrer sus pasillos y salas podemos encontrarnos con materiales de orígenes diversos y que en su montaje nos deja con ganas de seguir perdiéndonos un rato más en su interior. Si esa lectora sigue ojeando, podrá ver, por ejemplo, una cita de Albert Camus compartiendo página con otra de Les Luthiers y, más adelante, cómo un aforismo de George Steiner se logra codear con el testimonio de un campesino chileno en 1968. “El hallazgo de un libro puede cambiar una vida” escribe Steiner, mientras el campesino dice: “Antes las letras eran unos monitos, ahora ya me hablan y las puedo hacer hablar”. Frente a algunas de las citas que componen este libro podemos asentir y hacer memoria de nuestras propias experiencias de lectura y ante otras podemos conmovernos o preguntarnos por su origen. Nos encontraremos entonces con iniciativas como la del bibliobús de La Pintana o la del biblioburro en Colombia y con otros múltiples programas de fomento de la lectura cuyas políticas están disponibles en internet y que bajo la lectura de Soledad Bianchi parecen encontrar un sentido más allá de un comunicado interno. Presiento entonces que una de las tareas en el largo proceso de escritura de este libro fue una tarea de arqueología, de rastrear en lugares insospechados pequeñas huellas y tesoros que quedarían todavía sin lecturas que le devuelvan la vida si es que no fuese por este libro. Entre comillas es entonces el espacio en que nos podemos encontrar todo tipo de materiales, porque, como nos aclara Soledad Bianchi en el prólogo, la lectura es aquí entendida como una lectura ampliada. Viva la erudición, entonces, si la erudición se trata de esta composición de saberes diversos y no especializados que nos muestra Entre puntos de lecturas.

Ella encuentra letreros dirigidos a quienes van a hacer la lectura de la luz y del agua en algunas de las puertas del Barrio Yungay; le saca una foto al aviso acerca del uso de propiedad intelectual en alguno de los libros de la editorial Eleuterio que libera sus contenidos; también, recoge el cuento titulado “La pelota”, enviado por Daryl Zavala, de solo seis años al concurso de Santiago en 100 palabras y, seguramente escuchada en la radio, reproduce la siguiente declaración del actual entrenador del equipo de fútbol Deportes Santa Cruz y ex entrenador de Melipilla, John Armijo: «Cuando uno queda pegado en una tendencia, si el rival te lee, no va a poder sacar provecho de esa adaptación. La versión del entrenador tiene que ir cambiando y mejorando también en la forma de leer el juego. Hay un contexto. Y en ese contexto, en esa lectura, hemos tenido una variante que hoy nos hace mucho más completos que hace un tiempo» (p. 277). Leer bien se trata también entonces de afinar el oído.
Dentro de estas aventuras de leer el mundo, para mí la más sorprendente es que alguien se dé el tiempo y se disponga anímicamente a descender a los bajos fondos que suelen ser las secciones de comentarios de las páginas webs. Gracias a este libro nos podemos enterar que en un artículo titulado «Robar libros quizás no sea robar» de la página cultural española Jot Down escrito por Bárbara Ayuso, un 12 de enero de 2016 a las once con catorce minutos un usuario anónimo se animó a contar su experiencia. «Cuando hacía el servicio militar saqué, al azar, un libro de la biblioteca del cuartel. Era Herzog, de Saul Bellow. Me gustó tanto que lo robé. Podía haberlo comprado (o robado en una librería, ya que como supondréis robar en el cuartel se castigaba severamente, pero quería tener “ese” ejemplar, que me descubrió al que para mí es el mejor escritor del siglo XX». También, nos enteramos de que el usuario Ignatius, más conciso y menos satisfecho con los efectos de sus robos en sus hábitos de lectura, replicó al día siguiente a las 04 de la madrugada con 51 minutos: «Yo solo robo libros de Bolaño, pero luego no consigo terminarme ninguno».
Como dice el entrenador Armijo, lo importante es el contexto. ¿No es acaso así también como trabaja la cita? Sacar de un contexto para poner en otro. Los signos de las comillas son entonces la huella de una extracción y de un injerto. La autora descose el pedazo al que le puso ojo u oreja, se lo echa al bolsillo y lo saca luego para encontrarle un lugar que le haga justicia dentro de su diario de lecturas. Ahora bien, ¿citar a alguien no es en cierto sentido atraerlo a la conversación: darse cita? Recuerdo que cuando me encontré por primera vez con La memoria. Un modelo para armar, el libro de Soledad que muestra parte de su investigación sobre los grupos poéticos de los sesenta en Chile, me impresionó la forma de trabajar con las entrevistas. Además del enorme despliegue investigativo con grupos poéticos de buena parte del país, el efecto que me produjo su lectura fue como si se me regalara la posibilidad de escuchar de parte de los mismos protagonistas la reconstrucción del origen de cada grupo —con todas sus preguntas poéticas y políticas iniciales—. Así, era como si estuviese escuchando a un grupo de amigos o, en algunos casos, ya no tan amigos, pero que accedían a sentarse en la misma mesa a recordar los viejos tiempos. Según recuerdo, salvo el capítulo sobre el grupo Espiga, en que el entrevistado era solo uno, en el resto de los capítulos no aparecen rastros textuales de las preguntas de la investigadora. Por supuesto, se trata de un trabajo de montaje, de un modo de disponer las citas para que pareciera que todos ellos estaban conversando ante uno como lector. Creo que en Entre puntos de lectura sucede algo similar y que cada texto es citado de una manera sutil, como si tomara la palabra alguien que ya estaba sentado en la mesa sin que todavía nosotros nos hubiésemos dado cuenta.
Existen más posibilidades de sentido todavía ocultas entre las comillas de este libro. Ya no en el contenido de cada cita, sino que en el espacio que se abre tras el cierre de una y el comienzo de la siguiente. La sutileza de su montaje no impide que en uno como lector se produzcan pequeños estallidos de sentido al hacer conexiones con otros fragmentos ya citados en el libro y que encuentran en páginas posteriores desvíos y también posibles enlaces con lecturas de nuestra propia vida. Lo que podría ser entonces el “fuera” de las comillas es en este libro también un entre las comillas. Ahí, tras el cierre de una cita y la apertura de la siguiente, se abre un mundo. Es una invitación para detener el barrido de nuestra mirada y levantar los ojos para atraer una imagen o anotar una frase en las arenas de nuestra imaginación.
En concreto, están los encabezados de los diversos puntos de lectura que por momentos nos orientan y, en otros, nos ayudan a desorientarnos. «Punto de apoyo», «punto principal», «punto cerrado», «punto de duda», «punto de muestra» y, «punto torcido» son una muestra de estos engarces que a veces funcionan echando alguna luz sobre la cita que le sigue y, en ocasiones, más como guías del tejido. A su vez, entre estos puntos de lectura está lo que compone “La hoja de ruta” del libro y en la que, sobre todo desde la mitad del texto, aparece la voz de Soledad Bianchi para reflexionar y recordar. Me interesa detenerme en uno de los momentos de esta Hoja de ruta en el que se narra su experiencia en las campañas de alfabetización organizada por la Federación de Estudiantes de Chile en los sesenta. Ocupando el método de la «Pedagogía de la esperanza» de Paulo Freire, un grupo de estudiantes de Pedagogía viajó a Coyhaique para alfabetizar a un grupo de adultos. La palabra «Pala» les sirve como puntapié inicial para reconocer sílabas y luego poder transformarla en nuevos vocablos. La narradora recuerda: «Y así, íbamos distinguiendo y avanzando en las láminas y sus imágenes, y en la cada vez más fluida articulación y tono, y en preguntas, sorpresas, titubeos, charlas, misterios, entendimientos» (p. 182). Se trata de entender la lectura de una manera que se aleja de un modelo que la iguala a la suma de una decodificación y una comprensión. Así como la gente a la que conocieron en ese viaje no eran simplemente alumnos que buscaban aprender a leer, como lectores y lectoras no somos solamente receptores que debemos comprender un mensaje que venga ya completo desde la pluma o el teclado de alguien. Preguntas, sorpresas y titubeos son parte fundamental de la lectura y eso es lo que nos recuerda el paseo por el blanco de la página desde una cita a la siguiente.
En palabras de Soledad Bianchi, se trata de un particular tipo de silencio que busca abrir paso a la creatividad: «Cuando escribo, [nos dice], me gustaría —y trato— de lo que redacto esté cruzado por silencios, pero silencios activos e insinuadores, para que el lector se sienta motivado a completarlos, a preguntarse, a aportar, desde sus propios intereses. En mi idea, este receptor debería trascender en mucho al especialista, actual o futuro, siendo aquel lo más variado y diverso posible» (p. 239). Por lo tanto, no solamente escuchamos la conversación, sino que somos invitados a unirnos. Es posible entonces que entre las comillas se encuentre un espacio para ponernos a jugar, para seguir jugando ese juego antiguo llamado poesía y literatura, si por estas palabras entendemos no solo instituciones y tareas, sino maneras de ver el mundo y vivir la vida. En palabras de Guillermo Núñez, leer es también jugar: «Muchas veces, cuando leo, me pasa que me gusta entrar en juegos, salirme del libro e ir inventando otras lecturas, otras narraciones, que nunca llegan a escribirse ni por supuesto jamás serán conocidas por nadie, sino por mí mismo, como un placer oculto o una venganza particular”. (p. 172).
Si se trata de un juego, juguemos, pues. Parto yo. El origen de esta cita es del último libro que leí. El libro se llama Una soledad demasiado ruidosa y es del escritor checo Bohumil Hrabal. En él conocemos a Hanta, quien entre jarras de cerveza y ratones en un sótano prensa libros para dar forma a cubos de papel que él llama balas y que luego serán disueltas para darles otro uso. Hagámosle un espacio en la página 77, antes de la cita de Yourcenar, o si no les parece, puede ser también en la página 175, entre Stella Díaz Varín y Juana Inés de la Cruz. Allí se encontrará en buena compañía la soledad de Hanta. Si les parece que se alarga demasiado, pueden amablemente gritarme «alto ahí». Dice, entonces, así el principio de la novela de Hrabal:
«Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas. Soy una jarra llena de agua viva y de agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he ido adquiriendo leyendo, y es que durante estos treinta cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no solo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos». Como nos recuerda este texto de Soledad, la lectura es un viaje que no termina. «A seguir» entonces este juego y viaje de Entre puntos de lectura.
- Santiago Aguirre. Licenciado en Literatura en la Universidad de Chile y Magíster en Teoría e Historia del arte en la Universidad de Chile.
Actualmente librero en librería Lolita, mediador en el club de lectura Al pie de la letra y realizador del podcast del mismo nombre. ↩︎