Por Rodrigo Pincheira A.1
Se fue como un relámpago: breve, fulgurante, sin ruido. Abandonó este mundo del mismo modo en que lo habitó durante décadas: abrazado al silencio, siempre a prudente distancia del bullicio. Libre como un pájaro y soñador como un niño frente al mar. Un sueño final lo apartó de nosotros mientras, en algún lugar de la memoria, parecía escucharse el lamento suave de un órgano sesentero, ese sonido melancólico que tantas veces acompañó sus momentos de reposo, cuando buscaba apartarse de sus propios demonios. Así partió Osvaldo Caro.
Lo conocí en Santiago, cuando los años ochenta todavía ardían bajo una superficie de aparente normalidad. El chico Iván Cárdenas me lo presentó en un departamento de la calle Marín, en ese barrio de sombras y secretos donde la ciudad respiraba a media voz. Recuerdo una larga corrida de casetes, un clóset repleto de cómics y montones de libros apilados como si fueran pequeñas barricadas de papel. Y estaba también Ximena, su compañera de toda la vida, presencia tranquila en medio de aquel pequeño universo doméstico.
Osvaldo y Cárdenas venían de otra escena, más antigua y más feroz: la contracultura penquista de los años setenta. Junto a Ricardo Pérez, Iván Díaz, Pilar Hernández, Araos, Sebastián Burgos, Gonzalo Cerda y otros cómplices de época, habían protagonizado acciones y performances que hoy sobreviven en la memoria como gestos de irreverencia y libertad. Eran actos que rozaban la provocación y la poesía. Intervenían símbolos, tensaban discursos, jugaban con los emblemas de la chilenidad, con los héroes, con la solemnidad de los medios de comunicación. Todo podía ser desplazado, reinterpretado, puesto en fricción. En medio de esa escena Osvaldo se movía con su característica discreción. Cruzaba silencioso, detrás de sus gruesos lentes, como si observara todo desde un puesto de vigía. No era el más estridente ni el más visible, pero estaba ahí: atento, cómplice, siempre presente en las conspiraciones culturales de aquella generación.
Muchos años después volvimos a encontrarnos en Concepción. La vida había pasado por nosotros, pero algo de aquella vieja energía seguía intacta. Entonces empezamos a trenzar nuevos proyectos, una pequeña fraternidad de trabajo y amistad a la que pronto se sumó el querido Sebastián Burgos. De esa complicidad nacieron seis libros. El último, Como una ola. Historias de rockeras de Conce, apareció en 2023, como si todavía quedara tiempo para seguir celebrando la música, la ciudad y la memoria.
En ese trabajo amistoso, era implacable. El mejor corrector que he conocido. Riguroso hasta al límite, cuestionador y provocador al mismo tiempo. Se reía de mí en silencio. ¿Quiénes somos nosotros?, ¿Qué es hemos? No señor, sea directo, me decía.

En todos esos años, conocí a Osvaldo. Conocí es un decir. Era extremadamente reservado, oculto, secreto, irónico, certero en cada observación. Como escribió alguna vez Jorge Luis Borges, “uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe”. En Osvaldo esa frase parecía cumplirse con naturalidad: sus lecturas hablaban más que él.
En estos últimos años, como si hubiera adivinado su final, me contó algunas de sus historias personales. Esa vida en el campo en Chillán, sus intensas lecturas adolescentes en el internado, el servicio militar en plena Unidad Popular, sus cortos años de estudiante en la U. de Concepción y su horrorosa salida. Amaba a Ximena, y sus hijas Camila y Vania, pero guardaba silencio. Como si supiera que algunas lealtades —las más verdaderas— se dicen mejor sin hablar.
Literariamente perteneció a la generación de los 80, la misma de Tomas Harris, Carlos Decap, y Carlos Cociña, caracterizada por una escritura crítica y experimental, la fragmentación del discurso, la reflexión sobre la historia de Chile y una conciencia acerca de la crisis del lenguaje poético. En su caso, se advierte un desplazamiento deliberado de la retórica intelectualizada. Su escritura se acerca a los registros de la vida cotidiana y adopta un tono conversacional que busca una relación más directa con la experiencia. El poema abandona la solemnidad del discurso abstracto para instalarse en la escena mínima, en la memoria urbana, en las pequeñas observaciones de la vida común.
Solo en los últimos años, quizá como si hubiera presentido el final, comenzó a dejar caer algunas piezas de su propia historia. Fragmentos más bien: la vida rural en Chillán, las lecturas intensas de adolescencia en el internado, el servicio militar en plena Unidad Popular, los breves años de estudiante en la Universidad de Concepción y aquella salida abrupta que prefería no detallar.
Lector de tiempo completo. Leía como quien respira. Compraba aquellas novelitas breves, de papel áspero, pequeñas ediciones pulp que se consumían en el trayecto de la micro hacia Palomares. En ese corto viaje ya podía haber terminado una historia. Así avanzaban sus días: leyendo en tránsito, leyendo en silencio, leyendo siempre.
Después vendrían los otros autores, los que casi nunca figuraban en los rankings ni en las vitrinas de moda. Escritores polacos, húngaros, brasileños, franceses, italianos; nombres que circulaban lejos del canon y de las recomendaciones previsibles. Osvaldo parecía moverse deliberadamente por esos márgenes, como si allí —en la periferia del mapa cultural— se escondieran las verdaderas revelaciones. Con el cine hacía algo parecido. Buscaba las películas que nadie comentaba, las que quedaban fuera del orden cultural dominante. Allí encontraba, quizá, la libertad que siempre persiguió: esa forma discreta de vivir la cultura lejos del ruido y de las consignas.
La semana pasada, después de dos o tres horas de conversación a medias —entre su sueño, el cansancio y esas frases apenas pronunciadas—, me tendió un libro. Lo hizo con ese gesto tranquilo que tenía para las cosas importantes.
—Te lo recomiendo —dijo, con la voz entrecortada.

Tomé el libro como quien recibe algo más que un objeto. Nos miramos en silencio. Fue un abrazo sin movimiento, sostenido apenas en la mirada. Tal vez los dos sabíamos —aunque ninguno lo dijera— que ese gesto sencillo, ese libro que cambiaba de manos, era también una forma de despedida. Cuídate, muchacho, me dijo al final. Canto entonces a Adamo, Lucho Zapata, Yaco Monti o Leo Dan como si en esos nombres todavía respirara una época. Lo hago en voz baja, mientras el viento parece llevarse, uno por uno, todos esos acordes que alguna vez llenaron sus tardes. Y por un instante vuelve su música favorita —melancólica, obstinada— flotando en el aire, como si el tiempo mismo se resistiera a dejarla partir.
Tomás Harris decía que Osvaldo Caro era el poeta oculto de la ciudad. Apenas había publicado unos pocos poemas. A fines de diciembre pasado, y gracias a Óscar Lermanda y la U. de Concepción, apareció Ni todos los sueños del mundo, su único libro que más o menos recoge parte de sus escritos. De este texto, leo en voz baja: si de ser sinceros se trata: amigos, lo que se dice amigos, pocos. Para los que se fueron, mi corazón henchido de gozo. Para los que aún quedan, la esperanza de poder abrazarlos de nuevo.
- Periodista, escritor y profesor universitario. Premio Municipal de Ciencias Sociales de Concepción, 2024. ↩︎