Antonia Torres
Cuaderno de Concepción, Leonardo Sanhueza, Colección Cátedra Gonzalo Rojas, Editorial UdeC, 2025. Sala Tole Peralta, Casa del Arte UdeC.26. 11.2025.
(Texto leído durante la presentación de la obra).
Tras el “giro espacial” (spatial turn) de las ciencias de la cultura, el surgimiento de nociones poscoloniales como la de “espacios transnacionales”, thirdspace (Appadurai), heterotopías (Foucault) y el desarrollo de los fenómenos sociales y culturales asociados a la globalización, pensar el espacio desde la literatura tiene implicancias muy distintas a las que tenía décadas atrás. Dicho giro científico-académico que orienta el interés hacia las perspectivas sociales y culturales relacionadas al espacio ha venido a tensionar algunos de sus supuestos tradicionales, complejizándolo.
El concepto tradicional del espacio, por ejemplo, puede seguir siendo considerado funcional al análisis cultural, particularmente para aquél que tiene como objeto de estudio las obras literarias. Pienso, por ejemplo, en los tan recurridos análisis sobre literatura y territorio, poesía y ciudad, etc. Pensar el espacio a través de la escritura poética no es un fenómeno nuevo y ha tenido antecedentes importantes en la historia tanto de la producción como de la recepción crítica de la poesía chilena. Si se piensa tan sólo en la poesía de las últimas décadas y los efectos del exilio político en la obra de numerosos autores chilenos, se podrá tener una idea de cómo la “desterritorialización” de lo nacional, por ejemplo, operó en una cierta literatura transformando los espacios de la identidad y la pertenencia.
Les pido disculpas por esta digresión “academicoide”, como diría el escritor “abandónico” Marcelo Mellado. Aún me suelo afirmar en esos terrenos caprichosos y pretendidamente positivos que son las ciencias humanas y sociales para leer textos literarios que tematizan, tensionan, documentan y hasta transforman los espacios por vía del lenguaje poético. Porque eso es lo que hace un libro de poesía como el que hoy presentamos, Cuaderno de Concepción de Leonardo Sanhueza, Poeta Residente de la Cátedera Gonzalo Rojas que me antecediera. Transformar el espacio toda vez que lo articula estética y literariamente. Lo piensa, lo imagina, lo indaga, lo recorre… y así, lo devuelve transformado. Ya lo he dicho en otras partes y sé que es un idea algo provocadora para quienes sostienen un discurso regionalista más conservador, más esencialista: no creo que el lugar contenga en sí rasgos identitarios homogéneos, puros, estables y fijos. Como si fuera una fotografía. Como si fuera una postal. Creo que así como las identidades en general son cambiantes, porosas, relacionales, heterogéneas; también el espacio se transforma y lo hace más dramáticamente aun cuando un artista (en este caso un poeta) lo vive, lo experimenta. Y ahí está el meollo del asunto. Porque no se trata de contemplarlo detenidamente para “captar” lo que hay de singular en él. Identificar los rasgos propios que lo distinguen de los otros. Se trata más bien, creo yo, de experimentarlo (recorrerlo, palparlo, vivirlo) para así, en el poema, producirlo estéticamente. Sé que estoy proponiendo una tesis algo atrevida. Pero de esos se tratan las lecturas, ¿o no?

Creo, entonces, que cada vez que un/a poeta llega como extranjero/a a un lugar y se queda un tiempo a vivir allí y luego escribe sobre él… va a cambiar ese especio en la medida que lo (re) fundará poéticamente. Lo producirá (como decía el sociólogo marxista Henri Lefebvre en su obra “La producción del espacio”). Y la verdad sea dicha, no hará ni más ni menos que lo que ya hicieron del mismo modo sus pares en el pasado. El poeta, como decía Teillier, es ciertamente el guardián del mito (del mito de un determinado territorio, de una cierta comunidad, en un cierto tiempo histórico). Y yo agregaría que no es un guardián celoso y conservador. Es su centinela en la medida que lo identifica, sabe dónde está, pero también lo reinterpreta, lo hace emerger y hasta lo “destruye para así conservarlo”, como decía el mismo Teillier por lo demás en su poética sobre lo lárico. Vaya paradoja. Es decir, debe devastarlo, echarlo abajo, criticarlo para así lograr que este se perpetúe. Estoy muy de acuerdo con esa línea de la retórica lárica: la poesía “inventa” (en parte) la identidad de un territorio por medio de la imaginación estética. Crea un mito que funda un territorio. Luego; sin mito, no hay territorio. Y aquí viene lo teillieriano inquietante: sin mito no hay territorio, pero que sin crítica del mito, tampoco hay literatura. Criticar y destruir para perpetuar.
Veamos entonces cómo construye y destruye el mito, para así conservarlo, el poeta Leonardo Sanhueza en este libro escrito un poco como “por encargo”.
En esta misma línea “espacial” debo partir diciendo que Cuaderno de Concepción se emparenta, por cierto, con la tradición de una “poesía situada”, un poco a la manera de Enrique Lihn en Escrito en Cuba, en París Situación irregular o en A partir de Manhattan. Podemos identificar en varios de los textos de Sanhueza su rima y diálogo virtuoso con la poética lihneana, la que resuena en el tono y hasta en los arquetipos de un poeta flaneur que vagabundea por medio de una “memoria laberíntica”. En “Galerías de Concepción” (p. 68), por ejemplo, el propio espacio (¿heterotópico tal vez?) de la galería comercial funcionará como una especie de metáfora de la ciudad ajena en la que el hablante se pierde como Teseo, el héroe griego. En el poema de Sanhueza, estos singulares y opresivos recintos comerciales aparecen como una red que atrapa, enreda y hasta emborracha de estridencia o consumo al poeta caminante que contempla impávido la fea cara de los restos del mercado ochentero y dictatorial. Un microcosmos iluminado por la luz artificial y sus grotescas formas.
Galerías de Concepción
Con la móvil quietud de un acuario nocturno
van y vienen los transeúntes
de este delta vivo
que se resiste al paso de la furia
con el solo argumento de su luz
amable y tenuemente transitoria
(…).
Hacia el final del poema, los “espantosos disfraces de vaca” o “las enaguas del comercio detallista” son una especie de un nada glamoroso oráculo que se despliega para ser leído como parte del enigma de la propia existencia.
Pero no solo la identidad asociada positivamente a un espacio o territorio es relativa o discutible en la poética de Sanhueza en este libro; también lo es la extranjería. En el poema “Volver a Concepción” (p. 13), por ejemplo, el hablante -al que creíamos un extraño, un aparecido, un afuerino- dice “regresar” a una ciudad que de algún modo ya conoce y a la que lo unen misteriosos y antiguos lazos; aunque de su memoria no queden más que ruinas o vagas huellas más parecidas al fracaso. “Me vine a vivir en la ciudad de un muerto”, desliza por ahí. Y recién hacia el final del libro algo de ese enigmático vínculo quedará al descubierto con uno de los poemas que cierran el poemario, “Una región donde vivir” (p. 99).
Me falta poco para despedirme
de Concepción: 48 horas y me embarco.
han sido cuatro meses fuera de casa,
forastero en la ciudad donde yacen
los huesos de mi padre y los huesos
de los padres de mi padre.
Habitar la ciudad de un muerto o ser forastero en la ciudad donde están enterrados nuestros padres y abuelos parece ser un contrasentido, porque ¿no es acaso esa precisamente una señal de pertenencia: vivir allí donde están enterrados nuestros antepasados? ¿Habitar el lugar desde donde es posible proyectar una continuidad desde una suerte de linaje? Pero sucede que allí donde se podría interpretar el íntimo mapa de la existencia (como en el sórdido oráculo de las galerías, en el poema citado más atrás) para así trazar una línea hacia el futuro, algo falla. Tiene lugar una caída, un despiste, una omisión:
(…)
Las biografías se entrelazan
como las hebras de un poncho
dejando líneas y grecas para el futuro,
pero el torpe encargado de subtitular esos signos
siempre está distraído, pensando en otra cosa:
un cisne, por ejemplo,
entrampado en un lago que se congela sin aviso.
Para este hablante no es posible organizar el mundo en el topos Concepción, porque allí (y tal vez en todas partes) el mundo está siempre desmoronándose y despareciendo. El poema “Didascalia” (p. 76) -extraño término que designa entre otras cosas los apuntes o indicaciones de un dramaturgo a los actores en una obra para su puesta en escena- confirma una idea que parece una constante en este libro: la del presente como una representación, una performancia de las cosas que se sostienen apenas por esa frágil “didascalia” que depende, entre otras cosas, de la memoria de sus actores. Porque las cosas están permanentemente desvaneciéndose y hasta la materia comienza a “transparentarse” y “el aire ocupa su lugar” y así todo una inmenso y sólido teatro (en el poema) comienza a desaparecer. Y así también sucedió (en la realidad) con el Teatro Enrique Molina de este topos literario que es Concepción, cuyas imponentes y sobrecogedoras ruinas parecen estar allí hoy para recordarnos, como el gran signo espacial urbano que quiere ser un monumento, no solo la fragilidad del mundo, sino que su caducidad, su vacío y la putrefacción de la materia:
(…)
Un día los actores, ya viejos, detectan
una leve transparencia en las cosas.
Y todo se precipita: las moléculas restantes
desaparecen todas a la vez
y el aire ocupa su lugar.
Los actores olvidan sus parlamentos.
Los envuelve una tormenta de arena.
A ciegas se lavan las manos
en un tarro de tripas.
Los actores han quedado ciegos, desmemoriados y al retirarse se lavan no con agua clara que purifica, sino en los restos putrefactos de interiores de animal o de hombre. La imagen precipita de manera siniestra y repugnante una especie de apocalipsis urbano que se repite en otros textos de este libro.
Capítulo aparte merecerían los poemas dedicados a los íconos patrios, en donde la tensa relación entre espacio y la identidad-nacional (o regional-local) vuelve a aparecer de manera evidente. Las distintas versiones del poema “Bernardo y sus estatuas” (I, II, III, IV, V, VI) son muestra de ello. No ahondaré aquí ahora en ello por razones de tiempo (y de espacio, valga la redundancia), pero sí debo mencionar que la recurrencia de la Historia y la atemporalidad de la tragedia es un asunto que Leonardo Sanhueza elabora con insistencia de distintos modos a lo largo del libro. En el poema “Inmolaciones” (p. 31), por ejemplo, se funden la figura de un vagabundo, un sin casa, un tal Juan que vive bajo cartones en la calle con la del auto inmolado y tristemente célebre Sebastián Acevedo. Una figura a estas alturas paradigmática para señalar la tragedia individual de la violencia de la Nación que deviene, a modo de protesta, en ruinas, cenizas o restos.

Lo propio sucede en el poema “Lo que ignoraba doña Josefina” (p. 46) cuando un cierto proyecto civilizatorio (la ciudad, la república, la nación) construye sobre las ruinas de la Historia. En este poema son las piedras de una destrucción las que sirven de relleno para secar la “infame Laguna de los Negros” y así levantar sobre “un entierro” (tumba o nicho, pero también mausoleo o altar de un colectivo mayor, “algunas casas cubiertas de musgo”.
Reaparece el asunto del lugar situado de la memoria violenta, en el hermoso e inquietante poema “Postal de Caleta Tumbes” (p. 62), en donde la imagen romantizada y algo folklórica de una caleta chilena opera como trasunto de una épica occidental clave como es la guerra de Troya y todas las narraciones que de esta surgen; en contraste aquí con ese otro emblema de la cara más trágica de la Historia nacional y de la violencia política del Estado Chileno: la isla Quiriquina.
Mientras llega a tu mesa el mariscal
verás las naves multitudinarias
que flotan sobre el quieto mar de Troya
pintadas por un viejo pintor de caballete
como arlequines barcos de papel
mecidos por la misma brisa
que allá, detrás, al fondo,
hace flamear la bandera chilena
sobre la oscura isla de Quiriquina.
En suma, Sanhueza elabora en este libro una poética en donde la tesis benjaminiana sobre el ángel de la historia y del progreso que se eleva y avanza dejando a su paso un cúmulo de ruinas, tiene un eco particular. La historia de un espacio como Concepción también guarda como un palimpsesto la violencia del pasado. Como un síntoma o un fantasma, la ciudad conserva en sus capas materiales y hasta en su toponimia las claves de aquello que se ha querido quemar, borrar, enterrar, ahogar. El poema “Laguna de Llacolén” (p. 70) sostiene de algún modo esta tesis. El pasado incómodo regresa de formas insospechadas, como si fuera un cadáver que el mar devuelve, pese a todo. En el poema y en la laguna misma subyace de manera cifrada la historia de Llacolén, hija de Galvarino, quien se suicida allí por el amor a un capitán español. Un representante del bando enemigo de su pueblo, victimario además de la tortura perpetrada en contra de su propio padre. Tragedia e historia quedan inscritas en el paisaje y nombran hasta hoy este conocido cuerpo de agua:
A veces, sin embargo, el pasado
se resiste a soltar sus presas y las muerde
con más fuerza, para que al menos un hilo de sangre
las mantenga amarradas a su incomodidad (…)
Cuaderno de Concepción viene a sumarse a una larga tradición de una poesía que, en mi preliminar tesis, produce un espacio, más que dar cuenta simplemente de él. Pensar Concepción a través de este libro es un modo de entender el carácter catastrófico de sus sucesivas “fundaciones”; tanto las simbólicas como las políticas. Batallas, terremotos, movimientos obreros y sociales, golpe de estado, dictadura. Un modo también de entrar en una suerte de historia secreta. Cada libro sobre este espacio es un señalamiento de esa ruina y ese fracaso, pero es a la vez un modo de re-escribir su mito. Y al hacerlo, hará aparecer la ciudad en la imaginación de sus lectores. Les invito a leer entre líneas lo que dice este poeta viajero. Un poeta de paso, pero que se detuvo, tomó notas y habló.