Marcelo Sánchez Rojel*
Presentación de la Colección Poesía de Editorial Universidad de Concepción, 2da. Parte
Gracias por la invitación, es genial estar aquí en una cita de lecturas que nos marcaron y contagiaron de caos y belleza en una ciudad difícil de querer, pero que sigue siendo el inevitable lugar de nuestras primeras cosas. Primero, quisiera felicitar la idea de esta notable colección, tan significativa como necesaria. Y, por cierto, agradecer por ello a Óscar Lermanda, nuestro editor primordial, por su consistencia y claridad para leer esta extraña ciudad que a ratos se parece al país de la ausencia.
Gracias Óscar por olvidar a Edwards Bello: podemos decir las cosas de frente y pertenecer a un club en donde la única promesa debe ser no alegrarnos del fracaso ajeno. Abajo el imbunchismo: esa “costumbre nacional” de ver el progreso propio por el hundimiento del otro. “El que sube no hace subir a otros, sino que se vale de los otros, a manera de trampolín, encaramándose en sus espaldas”, escribe Edwards. ¿Hemos usado la academia de trampolín? El poder, lo sabemos, es una fiebre que suele borrar nombres o los asfixia al olvido. Esta colección es justamente el movimiento contrario. Es memoria de una época y proyección de lo que seguirá siendo, es un gesto merecido hacia nuestra poesía. Y revisitamos ese tiempo al amparo de la vida y de la muerte. Me concederán que nunca llegó el paraíso, pero esa edad fue demasiado sombría.
La crisis de la modernización industrial nos dejó la desolación de la lluvia, las heridas de los 80, fuego y sangre derramada. Y quizás seguimos al borde del abismo, una ciudad cosida, intentando unir fragmentos, aceptar adefesios, reinventar ruinas.
Al menos, dejamos atrás a los colosales lagartos venenosos y podemos subir al Taxi Driver de Egor Mardones. Por fin fuimos sinceros y reconocemos a los “gusanos sin vida en la oscura citi”, y sabemos de noches salvajes y acogemos a los condenados a vida: “putas, artistas, yonquis, replicantes, hackers, / veteranos de guerra, ciberpunks, muertos vivos / y otras faunas por el estilo descarriadas”. Así vivimos en esta otra parte del mundo, donde “la noche es un taxi vacío rodando veloz / hacia ninguna parte” (p. 48).

Gracias Egor por las películas, la música y los libros, por las citas que nos hiciste leer, ver y escuchar. Por sumarnos a tu galaxia poética y compartir tu biografía literaria.
Dicho sea de paso, nuestros poetas presentes publicaban poco o más bien evitaban mostrarse como se muestra la publicidad en las pantallas. Venderse como poeta, ofertar palabras al mejor postor, al mejor crítico, a la mejor sociedad o academia. También nada de eso hizo Alexis Figueroa. Desde un ciberprostíbulo, nos invitó a conectar el monitor de televisión para evidenciar el último suspiro del despojo en el advenimiento de la ciudad neoliberal: alguien te mira y alguien se luce. Todo se vende, todo se compra.
Lupanares y calles de luces rojas constituyen resonancias locales de escrituras anteriores en esta ciudad de los túneles. En Vírgenes del Sol Inn Cabaret asistimos al estadio siguiente del término de las industrias, “al túnel del amor” y a las “luces de neón”.
En esa sociabilidad bestiaria, al amanecer “aliviada la piel de viejos golpes / salen a la luz los parroquianos”. Ellas y ellos despiertan “como en la ciudad de una película”. Vamos entonces preguntándonos de qué películas se tratan nuestras identidades mestizas o nuestro esquivo pacto social. Seguimos las pistas, y en textos posteriores que también se incluyen en esta breve antología ahora publicada, volvemos cuestionando si de verdad dejamos de estar “cansados y sucios en una calle sin nombre” o si hemos sido honestos con la promesa de “Tú nunca estarás sola”. Habrá que preguntarnos si hemos fallado demasiadas veces porque ahora sabemos de qué se tratan las promesas que no se cumplen.
Y me permitirán recordar a nuestro querido poeta Juan Zapata, quien nos advierte que siempre es ahora, que “tienes que seguir sola / mi querida / mi sangre”.
En fin, estoy seguro de que podemos “desaparecer sin ruido y, / aún mejor / sin que a nadie le importe”, cierto Juan Pablo (Riveros). Hay algo que tiene que ver con la inmensidad, con el paisaje infinito que nos obliga a consentir que “somos la penúltima ramita de un bosque inmenso / perdido entre otras selvas mayores”.
Bajo la nieve se escribe desde este Concepción de habitantes de paso que se quedan, pero habla de otro lugar. Quienes hemos conocido las fronteras del Chile austral avistamos la “importancia del flujo y canciones de los ríos”, porque la muerte es tan pronto que la fragilidad del mundo nos conmueve, que descubrir su belleza se convierte en una valiente batalla. Este libro ensaya otras posibilidades, entre “senda sagrada del viento”, “la música de las hojas del maitén” y “la nieve estupefacta que caía en los infiernos de mi corazón”.
Los 80, lo que vino después y los 2026 se diluirán como la nieve “en las charcas del pueblo” y de nuestra ciudad. Pero quedarán los libros, permanecerá esta colección de lecturas de una futura ciudad literaria que tanto nos cuesta construir.
Al final de este sinuoso camino, no sé si hemos dejado de ser feos, sucios y malos, ni siquiera si hemos salido deste horroroso Concepción, pero sabemos al menos que no estamos solos y que hemos nombrado a nuestros demonios y hemos amado y hemos sido curiosamente fracasados y felices.
Gracias Egor por el lisérgico viaje a través de la Night Citi. Gracias Alexis por advertir el vacío de lo humano que vive en el Camino Real. Gracias Juan Pablo por hablar a los que están en tránsito. Gracias a ustedes porque durante el tiempo que nos queda seguiremos leyéndolos, transformados.
* Marcelo Sánchez Rojel. Periodista, doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción. Ha sido docente de la Universidad Católica de la Santísima Concepción y de la Universidad de Concepción. Encargado regional del Plan de la Lectura de la Seremi de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de la Región del Biobío.