Presentación de la Colección Poesía de Editorial Universidad de Concepción
Soledad Bianchi*
Junto a agradecer, quiero felicitar a la Editorial de esta Universidad y a su Director, Óscar Lermanda, que tuvo la osadía de publicar seis libros de poesía (y viene un séptimo, de la poeta Damsi Figueroa)
Pocas son las Editoriales que se atreven a dar a conocer poesía: si hiciéramos una revisión o una estadística, veríamos que casi todas son lo que ha dado en llamarse “editoras independientes”: ¿independientes de qué, me pregunto, cuando, por lo general, funcionan con el aporte del Estado?, pero como esta palabra –estado– aterra y provoca profundos escalofríos o/y fiebres casi mortales, en el Ministerio prefieren arriesgarse al no cumplimiento de las promesas de los concursantes-ganadores o a otro tipo de evasión o embuste o, incluso, a desvíos con olor a corruptela que pueden hacer los elegidos, con tal que nadie piense que no vaya a ser que el Estado de Bienestar continúe activo en esta sociedad tan neo-liberal, pero tan poco libre y liberada.
Regreso a mis saludos admirados por el enriquecimiento que produce –y producirá– la existencia de estos libros. Ya sabemos, todo lo que se invierta en cultura se multiplica casi al infinito y nunca podremos medir ni descifraremos con exactitud a quién y hasta dónde llega el ascendiente de una lectura; de ver un cuadro, un dibujo o un ballet; de oír una melodía: a veces, pueden enseñarnos; otras, despertar interrogantes, sacarnos de la monotonía, molestarnos, romper la cotidianeidad, hacernos soñar, entristecernos, imaginar o inventar sin límites, relacionar y tender puentes, sentirnos interpretados y hasta identificados, alegrarnos, removernos, conmovernos. El aumento que ocasiona interesarse con tiempo o dinero en las producciones culturales nunca es lineal y es mucho más que doble, así como nada rectos son los “derroteros” o “peregrinaciones”, rumbos, rutas, que siguen algunos de estos “peregrinos” o de este “… nosotros, animales urbanos…”, o Poeta de paso o “vagamundos” o “pasajeros” y éstos pueden ser los hablantes o los personajes de estos 6 poemarios, desemejantes entre ellos ([2]). Son: Ni todos los sueños del mundo, de Osvaldo Caro; Poeta de paso, de Carlos Decap; Circe electroshock (Antología breve), de Alexis Figueroa; La sangre en la perla, de Thomas Harris (hasta ahora, yo siempre dije: “Tomás”, pero como acabo de leer “¿Thomas o Tomás?” en ésta, su última obra, comienzo a dudar); Taxi Driver, de Egor Mardones, y Bajo la nieve, de Juan Pablo Riveros. Cada uno es diferente, pero, claro, en el conjunto pueden encontrarse rasgos comunes. A mi parecer, entonces, constituyen una unidad plural.
Me han pedido presentar estos textos. Si cuando tomamos un volumen, lo abrimos, e intentamos dialogar con él, ya es difícil, ¡imagínense lo que será acercarse a seis!, y contundentes (seguro que esta palabra no se usa para la poesía, pero… me acomodó), por lo demás: nada fáciles, con un espesor no solo lingüístico y con una carga reflexiva –interna, sí, pero que, al mismo tiempo, se proyecta hacia nosotros, enseñándonos o recordándonos que escribir poesía no es solo juntar palabras en líneas más o menos breves ni ser ingeniosos a toda costa (como creen algunos que se sienten seguidores de Parra, Nicanor).
Hay títulos, como Poeta de paso, de Carlos Decap, que nos llevan a otros, ajenos: Poesía de paso se titula uno de los libros de Enrique Lihn, Premio Casa de las Américas, en 1966: ¿podríamos tomarlo como un homenaje al poeta mayor, a quien se le dedica “Camino”, y cuyos versos finales resultan admiración y constatación?: “Pero el poeta siguió / Escribiendo sus versos / Para realizar aquellos anhelos / Hasta lograr convertirse en camino».

Hay títulos, como Ni todos los sueños del mundo, de Osvaldo Caro o La sangre en la perla, de Thomas Harris o Circe electroshock, de Alexis Figueroa, que desde su mismo nombre nos hacen percibir que la utopía se escabulle, que la belleza es efímera, que la perfección dura poco, como previniéndonos, como preparándonos para lo que viene: el poemario y cada uno de sus textos, (casi) nunca simples ni fáciles, como dije; violentos, con frecuencia, y –aclaro– no solo hay violencia en estos tres volúmenes. Violentos, duros y realistas son, por lo general, aunque los leamos como ficticios o imaginados, porque nos hacen enfrentar la realidad con toda su crudeza y dificultades: “todo se ha ido antes que llegaras o nacieras”, constata “Paisaje”, de Finis Terrae (2016) en Circe electroshock.
Entre estos seis libros, solo Taxi Driver es unitario porque construye y desarrolla una sola historia que se vincula con otra anterior –con el mismo apelativo– que el cine nos hizo conocer. Bajo la nieve tiene 3 unidades: la primera, “Universo”, dialoga y es próxima a Poema del cosmos, del mismo Riveros, aparecido en el 2011. Los otros son, simplemente, independientes, aunque es más que constante que un tono, un ritmo o un tema, como un hilván, los aproxime.
Los poemas abarcan espacios y tiempos dispares, imaginados o ubicables y concretos: desde la inmensidad del cosmos, como “Universo”, esa parte ya mencionada del tomo de Riveros, hasta una pequeña “línea” de un “último verso” como señala “Ajedrez misterioso” –de Poeta de paso– cuyo primer verso define así “la poesía”, es decir: como un juego de azar, de origen incógnito: un “ajedrez misterioso”. Incluso, los ambientes se extienden hasta la “nada” o el “vacío”. También podría ser a la inversa, desde la ausencia (hecha presente por la palabra) o lo mínimo a lo infinito o casi, y abarcan desde el amor perdido y nunca olvidado –marca profunda en los escritos de Caro– hasta, muy escasamente, el amor pleno.
Como territorio, los textos comprenden desde “Suburbia, el corazón de las tinieblas de Night Citi”, la urbe ficticia y cinematográfica de Taxi Driver, hasta la existente y caminable “Prat, la última calle de Concepción”, verdadera obsesión de Thomas Harris: idéntica aparece esta frase/ verso en Diario de navegación, su segundo escrito (1986), y en Zonas de peligro (1985), su libro inicial, hay una referencia a esta vía. Poemas de Alexis Figueroa amplían el espacio, al abandonar la ciudad y atender al campo, un campo tan atípico que no puedo dejar de presentarlo.
Una campiña nada mitificada se contruye –y se describe– en Folclórica.doc (2004) y en: Las gallinas zombies y otros poemas casi infantiles (2014), cuyo nombre es más que sugerente, y aunque la selección de poemas se centre más en personajes o situaciones, basta con el que bautiza este volumen para comprender la concepción que se tiene de ese lugar, tan frecuentemente opuesto a la ciudad por sus rasgos positivos. Indudable me parece, en nombres y acontecimientos, la ironía y hasta el humor (muy poco frecuente en los otros autores.
Estos títulos y otros integran Circe electroshock (Antología breve), y junto a textos que aluden o suceden en jardines que yo consideraría cercanos al campo (¿no es un jardín como un campo en miniatura?) poseen rasgos que vulneran y enfangan (literalmente) y embadurnan de sólidos y líquidos repugnantes, provocando, además, misterio, temor y hasta terror. Sin oponer jamás la ciudad al campo, estas miradas y puntos de vista no pueden estar más alejados de tópicos como: “menosprecio de corte y alabanza de aldea”.
Drácula, Frankenstein, vampiros, zombies, sangre, mucha sangre, olores, fluidos, decadencia, mutaciones, partes del cuerpo dañadas, podredumbres, situaciones repulsivas, nauseabundas, vomitivas, son parte del imaginario que Alexis Figueroa trabaja. Poco conozco de ese mundo literario y cinematográfico que llaman: fantástico, de misterio, de terror, gótico o gore, pero es indiscutible que al ampliar nuestra visión y exponernos a situaciones nada habituales que nos des-colocan, nos desestabilizan, nos desconciertan y nos exigen especial atención y reflexión, estos poemas nos hacen ver de modo diferente y cuestionarnos (lo mismo sucede con esas complicadas y extensas Notas que el mismo Alexis ubica en Edición anotada del Cuaderno de palabras de Ana K [2019]).

Me refiero, en especial, a esta poesía y a este autor porque me parece que viene de tradiciones otras, ésas que, tiempo atrás, llamábamos: sub-literatura. Me refiero, en especial, a esta poesía, pero quiero aclarar que si hay algo que es frecuente en todas estas ediciones que comento es, por ejemplo, el poder y la atracción por el cine, por el jazz, por tantos escritores de distintas nacionalidades (las menciones, en estos poemas, son casi infinitas) , por la ciencia (en el caso de Juan Pablo Riveros) que dejan su huella en la escritura.
Sé que entro en un terreno resbaladizo, pero no creo equivocarme al pensar que esa cercanía con los medios de comunicación es un rasgo de cierta poesía escrita en Concepción o/y escrita por autores que se formaron y compartieron aquí: que estudiaron en esta Universidad, que leyeron a ciertos literatos (filósofos, novelistas, poetas, biógrafos, historiadores…), que se los recomendaron y los comentaron, que pertenecieron a Grupos Literarios, que publicaron revistas (como Posdata), que convivieron con otras artes –yendo al cine, por ejemplo– y, algo que no podemos olvidar: que sabían que continuaban una larga tradición. No es casual, creo, que el primer libro de esta Colección, de este recorrido, sea el de Gonzalo Millán, cuyo ascendiente me parece percibir, en algunas ocasiones, en la poesía de Osvaldo Caro. Y ese pasado que pesa, pero impulsa y enseña, está ahí y de él se aprende, y se continúa o/y se rompe y se supera, va mucho más atrás en el tiempo que el “Grupo Arúspice”, acogido por la Universidad (¿sabían, ustedes, que esta Casa de Estudios prestó hasta un bus para que esos jóvenes poetas visitaran, en Perú, los lugares habitados por César Vallejo?). Y los murmullos de esa historia previa: de los Congresos de Escritores, del teatro, del mural de la Pinacoteca, de la música; de un movimiento político que surgió acá y llegó a tener importancia continental; de tantos propósitos y resultados y actividades y personas, incluso anteriores –y muy preliminares– que continuaban y prosiguen como impulso cultural, y aquí están estas nuevas publicaciones que se insertan entre estos actos y en este dinamismo que viene desde hace décadas y décadas.
Sé que entré en un terreno resbaladizo pues puede parecer mecanicista adscribir modos de poetizar a determinados espacios… Pido que no se me entienda mal porque ni en Concepción ni en ninguna otra ciudad o provincia o villorrio existe una forma única de enfretarse a la poesía ni de elaborarla, y espero haberlo mostrado al seguir este recorrido por esta serie que suma media docena de ejemplares.
Me parece obvio que las menciones locales no anclan una escritura poética a un determinado sitio. Harris, por ejemplo, ha tenido y tiene referencias penquistas en sus textos: “En la Laguna Redonda de Concepción”, “En la laguna Las 3 Pascualas”, y muchas otras que –sin ser una suerte de jaula limitante–parecen servirle más como un trampolín para amplias consideraciones sobre los asuntos más diversos. (Añado un aspecto, tal vez no tan relacionado, pero creo importante comenzar, ya, a enfocar, estudiar y reconocer los cambios que se han manifestado en el imaginario de este autor y cómo los concretiza en su escritura).
Sabemos, también, que fronteras geográficas y límites son convenciones… Estirando el concepto, podríamos volver a hacernos la vieja pregunta, y pienso en Harris y en Figueroa: ¿cuál sería la frontera que nos hace considerar un texto en prosa como poesía?: ¿es sólo la decisión del autor o podrían o deberían aplicarse otros criterios? ¿Importa esta preocupación o es solo una formalidad que nada aporta?
Sería interesante rastrear los guiños que puede haber en las obras de un autor… hacia otro y, también, los que hace el mismo poeta hacia sus propios escritos: “Ilusión”, de Juan Pablo Riveros, finaliza con el término “Caspi”, frecuente en De la tierra sin fuegos, su admirable libro de 1986.
Podrían indicarse varios otros rasgos comunes que atraviesan al conjunto de estos volúmenes: la intertextualidad no es el menor. Fundamental y constante es, asimismo, la presencia y explicitación de una conciencia meta-literaria.
Llama la atención la presencia tenaz de un tono envolvente de desencanto y descalabro; una atmósfera de derrota que se expande, tiñéndolo todo de nostalgia, de melancolía, de tristeza y de una sensación de imposibilidad de escapar de un peso que impide toda utopía, totalmente ausente entre los intereses y deseos de los diferentes universos poéticos. Esta tonalidad se complementa con el énfasis que se pone en los sueños y el sueño: al título del volumen de Caro: Ni todos los sueños del mundo se agrega el epígrafe: “La vida es el sueño de una sombra”, de Meadow Castle (un autor de novelas de pistoleros), si bien Píndaro, en el siglo VI A.C. (518-522) sostuvo: “Sueño de una sombra es el hombre”; “Quizá seamos sólo sueños”, es un verso de “Chuangtsé”, en: Bajo la nieve; sueños, muchos sueños “En un mundo que yo jamás habría concebido en la vigilia.”, confiesa el hablante de La sangre en la perla que se inicia con dos epígrafes, uno de los cuales, de Los sueños, de Quevedo, señala: “Sueños son estos. Sueños y espejismos”. Mientras, en “Tú”, en Circe electroshock , una Nota testifica: “Ocultas bajo sábanas sangrientas, fantasmas delirantes, chillando mudos sin chillar, corriendo muertos sin correr, que dicen “soy” y no son nada, solo polvo, humo, sombra, nada…”. Este remate, muy semejante al cierre del poema de Góngora, hace una traslación abrupta y brutal del ambiente de “Mientras por competir con tu cabello”, de Luis de Góngora. Estos mismos versos del final, usados literalmente, le sirven a Carlos Decap para completar “Memento por Malú”, uno de los poemas más logrados de Poeta de paso,con una actitud y tono muy diferentes a los de Figueroa.
De poeta a poeta, ante la muerte de Malú Urriola, Decap le dedica estas palabras y, con modestia, renuncia a un posible protagonismo, evitando usar la primera persona: “Su partida negra lo dejó en blanco.”: es el inicio del poema, que concluye –como señalé– con los versos de Góngora: “Para convertirse en tierra / En humo en polvo / En sombra en nada».
Para terminar diría que la poesía, en general, y con toda certeza la de todos estos poetas, continúa siendo variada, muy variada y poliforme. Tal vez este gesto escritural se deba a la libertad de no tener que acomodarse ni responder con inmediatez a exigencias de ese mercado que prioriza la poca diversidad, la falta de polémica y el negocio… fácil.
Santiago, diciembre del 2025.
*Soledad Bianchi. Profesora de Castellano por la Universidad de Chile, Doctora en Literatura por la Universidad de Paris, Post-Doctorado por la Universidad de Maryland. Ha enseñado Literatura Hispanoamericana y Chilena en la Universidad de Chile y en otras universidades de Chile, Francia, Estados Unidos, Brasil y Puerto Rico. Ha publicado numerosos artículos sobre cultura y literatura, y siete libros: entre ellos, dos antologías de poesía chilena. Los últimos son: Lemebel (Edit.Montacerdos, 2018), y Pliegues. Chile: cultura y memoria (1990-2013) (Cuneta, 2014).
[1] (Tìtulo) Construí el título con algunos fragmentos que no me pertenecen: “… . Como galeones fantasmas, naufragados, …” es de Thomas Harris (p. 25) y “Viejo derrotero siempre nuevo” es el nombre de un texto de Osvaldo Caro (p. 43).
[2] “derroteros” es, como ya dije, un término utilizado por Caro; “peregrinaciones”, por Riveros; “peregrinos”, por Figueroa y por Riveros; “… nosotros, animales urbanos…”, por Harris; Poeta de paso, “vagamundos” o “pasajeros”, por Decap y Mardones.